Volcán Malacara: el viaje al interior de un tesoro geológico de Mendoza
En el sur de Mendoza, el volcán Malacara permite caminar por cárcavas, chimeneas y pasadizos formados por antiguas erupciones. La historia de su descubrimiento combina ciencia, turismo y la transformación de una familia rural.

El volcán Malacara es uno de los pocos lugares del mundo donde es posible ingresar a las entrañas de una formación volcánica. Está en el sur de Mendoza, a unos 42 kilómetros de Malargüe, dentro del paraje La Batra, y sus paredes amarillas, negras y rojizas conservan las huellas de antiguas erupciones, del agua y de una erosión que todavía modifica el paisaje.
El volcán Malacara no se revela de inmediato. Desde la ruta provincial 186 puede parecer apenas un relieve más dentro de la extensa geografía volcánica del sur mendocino. La verdadera dimensión del lugar aparece cuando el visitante atraviesa la tranquera de la propiedad, se aleja unos cientos de metros del camino e ingresa en las cárcavas. Allí, las paredes se elevan, la luz llega de manera fragmentada y el paisaje adquiere una escala casi subterránea.
La experiencia tiene una particularidad excepcional: el Malacara es uno de los tres volcanes del mundo que pueden recorrerse por dentro. Los otros sitios de características comparables se encuentran en Islandia y Guatemala. En Mendoza, el acceso se realiza mediante una excursión guiada que combina caminata, interpretación geológica y una aproximación directa a un territorio que durante décadas fue entendido por sus habitantes como un simple cerro problemático.
El volcán Malacara y la historia que estaba oculta en sus paredes
Para la familia Quezada, propietaria del campo donde se encuentra el volcán, el Malacara formaba parte de la vida cotidiana. En las aproximadamente 2.000 hectáreas del paraje La Batra se criaban chivos, vacas y caballos. Las cárcavas no eran entonces un atractivo turístico, sino un inconveniente: algunos animales se internaban entre los desniveles, se perdían y en ocasiones no regresaban.
La interpretación del paisaje cambió en el año 2000, cuando la geóloga, investigadora y docente de la Universidad de Buenos Aires Corina Risso llegó a la zona. Después de estudiar durante años los volcanes de la isla Decepción, en la Antártida, comenzó a localizar formaciones semejantes mediante imágenes satelitales. En La Payunia identificó varios volcanes vinculados con la interacción entre magma y agua, entre ellos el Malacara.
El hallazgo no fue sencillo de comprobar sobre el terreno. No había cartelería ni caminos turísticos definidos. Risso necesitó la ayuda de Alberto Beto Quezada, quien conocía las huellas y los desniveles del campo. Al ingresar en la cárcava principal, la geóloga pudo observar una estructura que desde el exterior permanecía casi completamente escondida.
La historia de este descubrimiento está narrada con mayor detalle en la fuente original publicada por Clarín, que reconstruye el vínculo entre la investigación de Risso y la posterior apertura turística del sitio.
Cómo se formaron los colores amarillos y negros del Malacara
El Malacara es un volcán hidromagmático. Su origen está relacionado con un contacto violento entre el magma y el agua, probablemente en un ambiente donde existió una antigua laguna. Cuando ambos elementos entraron en contacto, la energía de la erupción fragmentó la lava y produjo depósitos de materiales pequeños y quebradizos.
El agua alteró parte de esos materiales y contribuyó a generar los tonos amarillos que hoy dominan algunos sectores de las paredes. Más tarde, cuando el agua dejó de intervenir de la misma manera, la actividad eruptiva continuó y depositó capas oscuras sobre las anteriores. El visitante puede atravesar así diferentes momentos de la historia del volcán sin necesidad de observar una reconstrucción artificial: el propio terreno funciona como un registro geológico.
La erosión llegó después. El viento y las lluvias fueron excavando los depósitos volcánicos, abriendo pasillos, desniveles y cárcavas. Debido a la fragilidad de los materiales, las paredes continúan transformándose. Cada precipitación puede modificar pequeños sectores, suavizar una superficie o profundizar una canaleta. El Malacara no es una pieza inmóvil, sino un paisaje en evolución lenta.
Una lectura geológica a escala humana
La estructura puede entenderse como una sucesión de capas. El recorrido comienza en sectores externos y avanza hacia zonas más internas, donde aparecen las paredes erosionadas y los conductos naturales. El contraste cromático ayuda a reconocer los distintos materiales, aunque la observación requiere atención: la luz cambia constantemente según el momento del día y la presencia de nubes.
En la parte superior existen tres cráteres, parcialmente ocultos por el relieve y la vegetación. Desde el nivel del suelo no siempre se percibe su forma completa. La perspectiva aérea permite comprender mejor la organización del conjunto y la relación entre los cráteres, las laderas y los flujos de lava.
De un problema para los crianceros a un destino de Malargüe
El valor turístico del Malacara no apareció de un día para otro. En 2002, Corina Risso presentó sus investigaciones en una conferencia realizada en Malargüe. La explicación científica permitió que vecinos, operadores y autoridades reconocieran la singularidad de una formación que estaba relativamente cerca de la ciudad, pero que carecía de infraestructura para recibir visitantes.
Al comienzo, las excursiones tenían una lógica más cercana a la aventura rural que al turismo organizado. Beto Quezada acompañaba a los viajeros a caballo por las huellas del campo. Las primeras visitas se difundieron principalmente a través de recomendaciones personales. Con el tiempo, una antigua picada petrolera facilitó el ingreso de vehículos y maquinaria, y el acceso empezó a adquirir una forma más estable.
La transformación también alcanzó a la familia propietaria. Beto pasó de trabajar principalmente con animales a coordinar ingresos y recorridos, mientras sus hermanas asumieron tareas vinculadas con el parador y el restaurante. El proyecto no reemplazó por completo la identidad rural del lugar, pero sumó una actividad que permitió resignificar un espacio que antes era asociado con pérdidas y dificultades.
Ese proceso ilustra una dinámica frecuente en regiones de patrimonio natural: un paisaje puede permanecer durante generaciones frente a una comunidad sin ser reconocido como atractivo, hasta que una investigación aporta las herramientas para interpretarlo. La ciencia no creó el volcán ni sus colores, pero modificó la manera de observarlos y abrió la posibilidad de protegerlos y compartirlos.
Qué incluye la visita al interior del volcán
La excursión parte habitualmente de Malargüe y continúa por la ruta nacional 40 hacia el sur, seguida por la ruta provincial 186. El último tramo incluye aproximadamente 17 kilómetros de camino sin asfaltar, por lo que el traslado puede demandar algo más de una hora, según las condiciones del terreno y del clima.
El ingreso al predio se encuentra a unos 500 metros de la ruta. Como el volcán está dentro de una propiedad privada, la visita debe realizarse con un guía habilitado de la Asociación de Guías de Malargüe. Esta condición no es un detalle menor: permite ordenar el tránsito, reducir el riesgo de desprendimientos y evitar que los visitantes dañen las paredes o se alejen hacia sectores inestables.
El recorrido completo dura alrededor de dos horas y se considera de dificultad baja, aunque incluye exigencias puntuales. Hay tramos con escaleras metálicas para superar rocas y una subida final hacia el mirador de aproximadamente 400 metros, con una pendiente pronunciada. La caminata requiere calzado adecuado, protección frente al sol y abrigo para los cambios de temperatura que caracterizan a la cordillera mendocina.
En el interior se recorren dos de las tres cárcavas principales. El trayecto permite observar chimeneas, paredes estratificadas y superficies que muestran la acción combinada de erupciones, agua y viento. El silencio y la falta de referencias urbanas intensifican la percepción del espacio: el visitante deja de ver un cerro desde afuera y comienza a caminar por la estructura que lo forma.
Por qué se llama Malacara
El nombre del volcán está relacionado con sus colores. Las franjas oscuras y claras de las laderas recordaron a los pobladores de la región el pelaje de los caballos malacara, caracterizados por una mancha blanca o amarillenta en la cara. La denominación pertenece a la cultura local y vincula la geología con una experiencia cotidiana del mundo rural.
La asociación también conecta el paisaje con relatos históricos de la Patagonia. La tradición menciona a un caballo malacara que habría ayudado a un colono galés a escapar de un ataque al saltar entre los bordes de un cañón. Más allá de los detalles de la historia, el nombre muestra cómo las comunidades suelen interpretar las formaciones naturales a través de animales, costumbres y episodios transmitidos entre generaciones.
La Payunia, un territorio volcánico de escala extraordinaria
El Malacara forma parte del paisaje volcánico del sur de Mendoza, una región donde se distribuyen cientos de conos y estructuras inactivas. La Payunia es reconocida por sus valles de apariencia lunar, sus extensas coladas y la diversidad de formas que surgieron de distintos episodios eruptivos. En el área también se encuentra la laguna de Llancanelo, visible desde los puntos altos del recorrido.
Una de las características geológicas de la zona es el vulcanismo monogenético. En términos generales, se trata de volcanes que se forman durante un único episodio eruptivo o una secuencia relativamente acotada, en lugar de mantener una actividad prolongada como ocurre con otros grandes volcanes del mundo. Esa variedad hace que el paisaje reúna conos, coladas, depósitos y cárcavas con historias diferentes.
Desde el mirador del Malacara también pueden observarse, a la distancia, la antena DS3 de la Agencia Espacial Europea y los horizontes abiertos del norte de La Payunia. La coexistencia entre una formación geológica antigua, una laguna, infraestructura científica y actividades turísticas resume la complejidad del territorio: no se trata solo de contemplar un volcán, sino de comprender cómo se superponen naturaleza, investigación y vida local.
El Malacara y el valor digital de un patrimonio difícil de encontrar
Para los negocios turísticos de Malargüe, el Malacara tiene una ventaja concreta: ofrece una experiencia diferenciada dentro de un destino conocido por sus paisajes volcánicos y por la cercanía de centros como Las Leñas. Su singularidad facilita que viajeros interesados en geología, fotografía, trekking y turismo de naturaleza lo incorporen a la planificación de un viaje.
En términos de visibilidad orgánica, un sitio de estas características necesita información precisa y verificable. Las búsquedas relacionadas no se limitan al nombre del volcán: también incluyen cómo llegar, cuánto dura la excursión, qué dificultad tiene, si es obligatorio contratar guía y qué otros atractivos pueden visitarse en la zona. Las páginas de prestadores, organismos públicos y medios especializados pueden responder esas preguntas sin reducir el patrimonio a una simple lista de servicios.
La calidad de la información resulta especialmente importante porque el acceso depende del estado del camino, de las condiciones meteorológicas y de la organización de la visita. Una comunicación responsable debe distinguir entre datos permanentes, como la ubicación general, y aspectos que pueden cambiar, como horarios, disponibilidad, tarifas o modalidades de ingreso. La visibilidad digital, en este caso, debería contribuir a que el visitante llegue mejor preparado, no a fomentar una circulación desordenada.
El Malacara muestra cómo una formación que durante años fue ignorada puede adquirir relevancia científica, cultural y turística sin perder su vínculo con la comunidad que la rodea. La experiencia de recorrerlo permite entender que el patrimonio no siempre se encuentra en monumentos visibles o paisajes fácilmente accesibles: a veces permanece escondido detrás de una tranquera, esperando que alguien pueda leer las capas de su historia.
Preguntas frecuentes
¿Dónde está ubicado el volcán Malacara?
El volcán Malacara está en el paraje La Batra, en el departamento de Malargüe, al sur de Mendoza. Se encuentra a unos 42 kilómetros de la ciudad, con un tramo de acceso por la ruta provincial 186 y varios kilómetros de camino sin asfaltar.
¿Se puede ingresar al interior del volcán Malacara?
Sí. El Malacara es una de las pocas formaciones volcánicas del mundo que pueden recorrerse por dentro. La visita permite atravesar dos cárcavas, observar paredes estratificadas y llegar a sectores vinculados con antiguas chimeneas y cráteres.
¿Es necesario contratar un guía para visitar el Malacara?
Sí. El volcán se encuentra dentro de una propiedad privada y el recorrido debe realizarse con un guía habilitado de la Asociación de Guías de Malargüe. La guía ayuda a interpretar la geología, ordenar el trayecto y reducir riesgos en un terreno frágil.
¿Qué dificultad tiene la excursión al volcán Malacara?
La caminata general es de dificultad baja y dura aproximadamente dos horas, aunque incluye escaleras metálicas y una subida final con pendiente pronunciada hacia el mirador. Se recomienda utilizar calzado firme, llevar abrigo y considerar las condiciones del camino antes de viajar.
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