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Geovany, el ex pandillero de Medellín que eligió sobrevivir a la violencia

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La historia de Geovany Tabares Ruiz, antiguo integrante de una pandilla de Medellín, llega a Buenos Aires a través de una muestra fotográfica que reconstruye su vida entre las armas, las drogas, la pérdida y la posibilidad de cambiar.

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La historia de Geovany Tabares Ruiz condensa una parte de la violencia que atravesó a Medellín después de Pablo Escobar: un adolescente reclutado por una pandilla, un hombre que heredó responsabilidades criminales y una persona que, décadas más tarde, intenta reconstruir su vida lejos de las armas. Su recorrido es el eje de la muestra fotográfica Geovany no quiere ser Rambo, presentada en el Palacio Libertad de Buenos Aires.

La historia de Geovany Tabares Ruiz comienza en una Medellín todavía marcada por la violencia armada, las disputas entre organizaciones criminales y la herencia social del narcotráfico. En 2001, cuando tenía alrededor de 25 años, vivía en la Comuna Nororiental y formaba parte de Los Rambos, una pandilla cuyo nombre remitía a su antiguo jefe. Más de dos décadas después, Geovany observa en Buenos Aires las fotografías que documentaron aquella etapa y se enfrenta a una versión de sí mismo que siente distante, casi ajena.

La muestra Geovany no quiere ser Rambo se exhibe en el quinto piso del Palacio Libertad y reúne imágenes en blanco y negro tomadas por el fotógrafo argentino Alfredo Srur. Los retratos muestran rostros, familias, niños, ancianos y jóvenes armados. No construyen una postal exótica de la marginalidad ni reducen la violencia a una sucesión de escenas impactantes: proponen ingresar en la intimidad de un barrio y observar cómo una guerra cotidiana modifica los vínculos, las decisiones y las posibilidades de futuro.

Durante una de sus visitas a la sala, Geovany se detuvo frente a varias imágenes. En una reconoció su propio rostro de joven, con un arma en la mano. En otra apareció Sandro, su hermano muerto. Más adelante volvió a encontrarse con la imagen de Celina, la abuela que cumplió para él un papel materno. El recorrido se convirtió en una experiencia física y emocional: permaneció en silencio, intentó contener el llanto y terminó abrazando a Srur cuando el fotógrafo se acercó.

ex pandillero de Medellín: Geovany y la Medellín que quedó después de Escobar

El encuentro entre el fotógrafo y el colombiano ocurrió ocho años después de la muerte de Pablo Escobar, cuando Medellín todavía padecía las consecuencias de una estructura de violencia que no desapareció con la caída de un solo jefe criminal. Las pandillas, los grupos armados y las economías ilegales continuaban ocupando espacios donde el Estado tenía una presencia limitada o intermitente. Para muchos jóvenes, la pertenencia a una banda no se presentaba como una elección libre, sino como una forma de protección, supervivencia y reconocimiento.

Srur había viajado a Colombia con una beca y buscaba comprender qué ocurría dentro de una familia que crecía en un contexto de guerra. Antes de llegar a Geovany, había visto La virgen de los sicarios, la película dirigida por Barbet Schroeder que retrató la violencia urbana de Medellín. Sin embargo, la experiencia directa le mostró una complejidad que ninguna representación cinematográfica podía abarcar por completo: la violencia convivía con afectos, reglas internas, lealtades, miedo y esfuerzos por evitar nuevas muertes.

Un periodista de Medellín le facilitó el contacto con Geovany. La confianza inicial resultaba difícil en un entorno donde cualquier desconocido podía ser interpretado como una amenaza. Aun así, el joven aceptó que el fotógrafo conociera su vida cotidiana y la de su familia. Según el relato de Srur, Geovany incluso lo protegió y discutió con integrantes de la pandilla para garantizar que pudiera permanecer cerca.

La pandilla, el reclutamiento y una jefatura inesperada

Geovany llegó a Los Rambos durante la adolescencia, cuando era víctima de la violencia en su barrio. El hombre que daba nombre al grupo había conocido la cárcel de Bella Vista y, después de recuperar la libertad, comenzó a reclutar jóvenes para enseñarles a manejar armas y defenderse de las amenazas que rodeaban a la comunidad. En ese marco, la frontera entre protegerse y ejercer violencia se volvió cada vez más difícil de distinguir.

Rambo fue asesinado en 2000. Tras su muerte, Geovany quedó al frente de la pandilla y pasó a ocupar un lugar para el que no parecía sentirse preparado. Él mismo recuerda que era la mano derecha de su jefe, pero también subraya una diferencia decisiva: mientras Rambo resolvía los conflictos a través de los disparos, Geovany intentaba negociar y evitar enfrentamientos cuando encontraba una alternativa.

Su posición no lo convirtió en una figura inocente. Participó de una estructura delictiva, portó armas y sostuvo económicamente a su familia con actividades ligadas a la extorsión y la violencia. Sin embargo, la historia también muestra que dentro de esos grupos existen matices y disputas internas. Algunos líderes buscan imponer obediencia mediante el terror; otros, aun integrados en el delito, intentan reducir el daño o establecer acuerdos temporales en barrios sometidos a balaceras y represalias.

El límite que no quiso cruzar con su hermano

Uno de los episodios más dolorosos de su vida estuvo relacionado con Sandro, su hermano. Geovany lo describe como un hombre nervioso y violento, poco dispuesto a seguir los códigos informales que regulaban la convivencia entre grupos. La tensión llegó a un punto en el que otros jefes le exigieron que lo matara. La respuesta fue una negativa: prefirió ofrecer su propia vida antes que ejecutar a su hermano.

Ese episodio permite observar el funcionamiento de las jerarquías criminales desde una perspectiva menos habitual. Las pandillas no son solamente organizaciones con reglas rígidas; también están compuestas por familias, amistades y rivalidades que pueden chocar con las órdenes del grupo. La obediencia, en ese contexto, no elimina los vínculos afectivos, pero los coloca bajo una presión extrema.

Sandro fue asesinado en 2007. Para Geovany, esa pérdida significó un quiebre definitivo. Sus hijas eran pequeñas y él les prometió que dejaría las armas y abandonaría la delincuencia. No se trató de una transformación inmediata ni sencilla. Salir de una estructura criminal implica perder ingresos, protección, contactos y una identidad construida durante años. También supone enfrentar amenazas, culpa y la desconfianza de quienes conocen el pasado.

De las drogas y el delito a una rutina de trabajo

La infancia de Geovany estuvo atravesada por la carencia afectiva y la falta de oportunidades educativas. Según sus propios recuerdos, sus padres no pudieron o no quisieron brindarle el acompañamiento que necesitaba. Con el tiempo, las drogas y la guerra profundizaron su aislamiento. El robo y la pertenencia a la pandilla aparecieron como respuestas a un entorno que ofrecía pocas alternativas estables.

Entre 2021 y 2024 trabajó en las sierras de Salgar, en Antioquia, recolectando café. La tarea era exigente, se realizaba durante largas jornadas y ofrecía una remuneración baja. No obstante, esa experiencia tuvo para él un valor que excedía el ingreso económico. La rutina, la responsabilidad y la posibilidad de sentirse útil le permitieron recuperar cierta calma y comprobar que podía sostenerse mediante una actividad legal.

Hoy vive en Medellín junto con sus dos hijas y sus parejas. Tiene seis hijos, aunque no mantiene relación con dos de sus varones, y también es abuelo. Reconoce que atraviesa dificultades económicas y que depende de su familia mientras realiza un tratamiento de rehabilitación después de años de consumo de drogas. El proceso no está terminado: todavía debe lidiar con pensamientos recurrentes, temores y las consecuencias de una trayectoria que no puede borrar.

Su preocupación más concreta está vinculada con la seguridad de sus hijas. El pasado puede reaparecer en forma de amenazas, venganzas o conflictos pendientes. Esa posibilidad funciona como un recordatorio de que la reinserción no depende únicamente de la voluntad individual. También requiere redes de apoyo, ingresos, atención de salud mental, protección y oportunidades que permitan reemplazar las antiguas formas de pertenencia.

Una muestra que evita convertir al protagonista en un símbolo simple

La exposición de Srur no presenta a Geovany como un héroe impoluto ni como un villano sin contexto. Esa tensión es uno de sus elementos más valiosos. El protagonista reconoce el daño que causó y no intenta negar sus decisiones, pero también explica las condiciones que lo empujaron hacia la violencia. La frase que da título a la nota —que dentro de lo malo que fue, fue bueno— expresa una autopercepción contradictoria, incómoda y profundamente humana.

La fotografía funciona aquí como archivo y como espacio de reencuentro. Las imágenes congelaron un momento en el que Geovany todavía era un joven armado, pero el paso del tiempo agregó nuevas capas de significado. Para el visitante, las fotos pueden mostrar una escena de Medellín. Para él, en cambio, contienen nombres, muertes, afectos, decisiones y promesas familiares.

El proyecto se amplió con cartas, un libro y un documental. Esa continuidad permite que la relación entre fotógrafo y retratado no quede limitada al instante de la toma. También modifica la posición de Geovany: deja de ser únicamente el objeto observado y comienza a participar en la construcción del relato sobre su propia vida.

La presencia del colombiano en Buenos Aires tuvo además una dimensión personal. Era la primera vez que viajaba en avión y que salía de Colombia. El viaje le provocó miedo, pero también le permitió mirar su pasado desde otra geografía. La distancia no elimina las heridas, aunque puede abrir un espacio para narrarlas sin quedar completamente absorbido por el lugar donde ocurrieron.

El valor de contar una experiencia de transformación

Alfredo Srur considera que Geovany podría ofrecer charlas en escuelas y universidades. Su experiencia reúne elementos que suelen analizarse por separado: reclutamiento juvenil, cultura del sicariato, consumo problemático, pobreza, vínculos familiares, negociación comunitaria y procesos de rehabilitación. No se trata de presentar su recorrido como una receta aplicable a otras personas, sino de escuchar a alguien que conoció desde adentro una estructura de violencia y logró apartarse de ella.

Ese posible rol exige cuidado. Una historia de supervivencia puede inspirar, pero también corre el riesgo de convertirse en espectáculo si se la despoja de sus víctimas y responsabilidades. La conversación debería incluir a quienes fueron afectados por la violencia, las instituciones que fallaron y las condiciones sociales que permiten que las pandillas sigan reclutando jóvenes. La voz de Geovany tiene valor precisamente porque no borra esas contradicciones.

Su deseo es ayudar a personas que atraviesan problemas similares. Afirma que durante mucho tiempo eligió mal, pero que la vida le permitió recapacitar y distinguir otras posibilidades. En esa formulación no hay una promesa de redención total, sino el reconocimiento de un proceso: dejar las armas, sostener la abstinencia, recuperar vínculos y encontrar un trabajo siguen siendo tareas abiertas.

Qué implica esta historia para la visibilidad de relatos sobre violencia

La circulación digital de la historia de Geovany puede ampliar el alcance de una exposición que, de otro modo, quedaría restringida al público del Palacio Libertad. Para medios, instituciones culturales y proyectos documentales, el desafío consiste en lograr visibilidad sin reducir el caso a una etiqueta llamativa como ex pandillero, sicario o sobreviviente. El posicionamiento orgánico más sólido surge cuando el contenido ofrece contexto, nombres, fechas, lugares y una lectura responsable de los hechos.

En términos de búsqueda, expresiones como historia de un ex pandillero de Medellín, violencia urbana en Colombia, rehabilitación tras el consumo de drogas y fotografía documental pueden orientar a lectores con intereses distintos. Pero esas palabras solo resultan útiles si conducen a una narración completa, con fuentes identificables y una diferencia clara entre el testimonio del protagonista y la interpretación del autor.

La referencia original de esta reconstrucción fue publicada por Clarín. Citarla de forma visible permite reconocer el trabajo periodístico previo y ayuda a que el lector distinga entre el relato fuente, la edición posterior y los elementos de contexto incorporados. Para proyectos culturales, esa transparencia también fortalece la confianza y evita que una vida compleja se transforme en una pieza de consumo rápido.

Geovany no puede modificar las fotografías de su juventud ni recuperar a las personas que perdió. Sí puede decidir qué hacer con lo que esas imágenes todavía provocan. Entre el miedo a que el pasado regrese y el deseo de trabajar, acompañar a sus hijas y hablar con otros jóvenes, su historia permanece abierta. La muestra no ofrece una redención sencilla: muestra, más bien, el esfuerzo cotidiano de alguien que intenta dejar de ser quien fue sin negar que alguna vez existió.

FAQ

Preguntas frecuentes

¿Quién es Geovany Tabares Ruiz?

Geovany Tabares Ruiz es un colombiano que durante su juventud integró la pandilla Los Rambos, en Medellín. Con el tiempo abandonó las armas y la delincuencia, atravesó un proceso de rehabilitación por consumo de drogas y actualmente intenta reconstruir su vida junto a sus hijas.

¿Qué muestra la exposición Geovany no quiere ser Rambo?

La exposición reúne fotografías en blanco y negro tomadas por Alfredo Srur en Medellín durante 2001. Las imágenes retratan a Geovany, su familia y su entorno en una ciudad atravesada por la violencia. El proyecto también se relaciona con cartas, un libro y un documental.

¿Por qué Geovany dejó de pertenecer a la pandilla?

Después de la muerte de su hermano Sandro, ocurrida en 2007, Geovany prometió a sus hijas que abandonaría las armas y la delincuencia. El cambio fue gradual y estuvo acompañado por dificultades económicas, miedo y la necesidad de superar años de consumo de sustancias.

¿Qué importancia tiene la fotografía en esta historia?

La fotografía conserva imágenes de una etapa que Geovany hoy observa con distancia. También permite reconstruir la vida cotidiana de una comunidad afectada por la violencia sin limitarla a escenas criminales. Para el protagonista, las fotos funcionan como memoria personal y como una oportunidad para narrar su transformación.

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