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Hepatitis B y C: por qué todos deberían hacerse un control alguna vez

12 min de lectura

Especialistas advierten que la hepatitis puede avanzar durante años sin síntomas. La vacunación, el diagnóstico temprano y la vinculación efectiva con los tratamientos son claves para evitar cirrosis, cáncer hepático y trasplantes.

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La hepatitis B y C puede avanzar durante años sin síntomas visibles, pero sus consecuencias pueden incluir cirrosis, cáncer de hígado y trasplante. Por eso, el hepatólogo Marcelo Silva sostiene que todas las personas deberían hacerse un control para hepatitis alguna vez en la vida, incluso cuando no identifican factores de riesgo. La recomendación busca correr el foco de la estigmatización y promover una detección temprana que, en muchos casos, ya cuenta con herramientas preventivas y terapéuticas eficaces.

La hepatitis no siempre se presenta con señales evidentes. En realidad, uno de sus mayores riesgos consiste precisamente en permanecer silenciosa mientras el virus afecta de manera progresiva al hígado. Cuando aparecen síntomas, la enfermedad puede haber avanzado. Esa característica explica por qué especialistas de distintos centros de salud insisten en una estrategia aparentemente sencilla, pero todavía irregular: no esperar a que el organismo manifieste un problema, sino buscarlo mediante controles adecuados.

El hígado cumple más de 500 funciones vitales por día. Interviene en el procesamiento de nutrientes, la producción de proteínas, la regulación de sustancias químicas y la eliminación de compuestos que el cuerpo no necesita. Una infección persistente puede alterar ese trabajo sin que la persona perciba cambios concretos en su vida cotidiana. En ese punto, el diagnóstico deja de ser una cuestión reservada para quienes reconocen una exposición de riesgo y pasa a formar parte de una política de prevención general.

En declaraciones difundidas por Clarín, Silva, director de la Unidad de Investigación Clínica del Hospital Universitario Austral, plantea que toda persona debería chequearse al menos una vez para hepatitis B y C. La recomendación no reemplaza la evaluación médica individual, pero ofrece una orientación relevante: la ausencia de síntomas o de antecedentes conocidos no garantiza que nunca haya existido contacto con el virus.

control para hepatitis B y C: Hepatitis B y C: dos infecciones distintas con un problema común

La hepatitis viral no es una única enfermedad. Existen diversos virus, identificados con las letras A, B, C, D y E, y cada uno tiene formas de transmisión, evolución y prevención diferentes. Sin embargo, la hepatitis B y la C concentran la mayor preocupación sanitaria por su capacidad de volverse crónicas y provocar daños graves. Según la Organización Mundial de la Salud, ambas son responsables de más del 95% de las muertes vinculadas con las hepatitis virales.

La hepatitis B puede transmitirse por contacto sexual, exposición a sangre infectada y transmisión de madre a hijo. Es altamente contagiosa y, aunque una parte de las infecciones en adultos puede resolverse, en otros casos el virus permanece en el organismo durante períodos prolongados. La enfermedad crónica puede requerir tratamientos extensos o de por vida destinados a frenar la actividad viral y evitar el deterioro del hígado.

La hepatitis C también se transmite principalmente por contacto con sangre contaminada. Entre las posibles vías se encuentran procedimientos médicos realizados sin condiciones adecuadas de bioseguridad, transfusiones antiguas, tatuajes o piercings efectuados con material no esterilizado y el uso compartido de elementos para consumir drogas intravenosas. La transmisión sexual existe, aunque su frecuencia depende de las prácticas y del contexto de exposición.

La diferencia terapéutica entre ambas es central. La hepatitis C puede curarse con antivirales de acción directa, generalmente mediante tratamientos breves, mientras que la hepatitis B puede controlarse, pero no siempre se logra eliminar por completo el virus. Detectar la infección antes de la cirrosis mejora las posibilidades de evitar complicaciones y permite intervenir cuando el tejido hepático todavía conserva una mayor capacidad funcional.

El silencio clínico puede ocultar un daño progresivo

Uno de los obstáculos más persistentes es confiar exclusivamente en el hepatograma. Una alteración de las enzimas hepáticas puede llamar la atención del médico, pero un resultado dentro de los parámetros habituales no descarta necesariamente una infección. Puede existir un equilibrio entre la presencia del virus y la respuesta inmunitaria que impida que el análisis rutinario muestre una señal evidente.

Por esa razón, la serología puede ser necesaria aun cuando no haya síntomas ni alteraciones en los estudios generales. La indicación depende de la historia clínica, la edad, los antecedentes, la vacunación, las condiciones de salud y las pautas vigentes. En personas inmunosuprimidas, pacientes en diálisis o quienes están por comenzar tratamientos oncológicos, la evaluación adquiere una importancia adicional: una infección silenciosa puede reactivarse o agravarse cuando las defensas disminuyen.

La hepatitis C presenta una particularidad epidemiológica que vuelve decisivo el diagnóstico. Una proporción elevada de las infecciones puede hacerse crónica, y esa persistencia incrementa el riesgo de cirrosis y cáncer hepático. En la Argentina, además, es señalada como una causa importante de trasplante hepático asociado con esas complicaciones. Llegar al diagnóstico antes de que aparezca una lesión avanzada permite ofrecer una terapia curativa y reducir el riesgo de que el paciente recorra ese camino.

Los factores de riesgo no deberían convertirse en una etiqueta

La asociación entre hepatitis y determinadas conductas puede producir una falsa sensación de seguridad en quienes no se identifican con ellas. También puede generar vergüenza o temor a ser juzgado. Los especialistas consultados proponen invertir ese enfoque: los factores de riesgo son útiles para priorizar controles, pero no deberían funcionar como una frontera que deje afuera al resto de la población.

Cirugías o transfusiones realizadas décadas atrás, intervenciones odontológicas, tatuajes, piercings, procedimientos invasivos o contactos sexuales pueden haber ocurrido en contextos que la persona no recuerda o sobre los que no posee información suficiente. En muchos casos, el momento de la exposición no produce una señal clara. De allí que un control único a lo largo de la vida pueda detectar infecciones que nunca habían sido consideradas.

Vacunar, diagnosticar y tratar forman una misma cadena

La prevención no se limita a identificar a quienes ya tienen una infección. La hepatitis A y la B cuentan con vacunas, aunque sus esquemas y situaciones de indicación son diferentes. La vacunación contra la hepatitis B es una de las herramientas más sólidas para reducir la circulación del virus y proteger a las personas frente a exposiciones futuras. Haber recibido el esquema correspondiente modifica la necesidad de ciertos controles, pero la confirmación debe surgir de la historia clínica y de la evaluación profesional.

La hepatitis A suele transmitirse por vía fecal-oral, a través de agua o alimentos contaminados, y también puede vincularse con determinadas prácticas sexuales. En la mayoría de los casos evoluciona como una infección aguda, aunque algunas personas son más vulnerables a presentar formas graves. La vacunación, la higiene de manos, el acceso a agua segura y la manipulación responsable de alimentos siguen siendo medidas fundamentales.

La hepatitis E comparte en buena medida esa vía de transmisión. Generalmente produce una infección aguda que se resuelve de manera espontánea, pero puede ser especialmente peligrosa durante el embarazo y en personas con el sistema inmunitario debilitado. Diferenciar los tipos de hepatitis permite evitar mensajes simplificados y orientar mejor las medidas de prevención.

En el caso de la hepatitis C, la ausencia de una vacuna vuelve aún más importante la seguridad de los procedimientos y la detección. Una persona diagnosticada puede acceder a antivirales capaces de eliminar el virus en la gran mayoría de los casos, según la evidencia clínica mencionada por los especialistas. El desafío no está únicamente en que el tratamiento exista, sino en que el paciente sea localizado, evaluado, derivado y acompañado hasta completarlo.

El problema regional es la distancia entre el diagnóstico y la atención

Los datos citados por la Organización Panamericana de la Salud muestran una brecha significativa en América Latina y el Caribe. Aunque la hepatitis C es curable, solo una parte de las personas diagnosticadas accede al tratamiento. En hepatitis B, la proporción de personas que conoce su diagnóstico también es reducida y son todavía menos quienes reciben atención terapéutica.

Estas cifras no necesariamente expresan una ausencia de medicamentos o vacunas. Pueden reflejar fallas en distintas etapas: una persona no consultó, el test no fue solicitado, el resultado no quedó integrado a su historia clínica, el paciente cambió de cobertura, no recibió una derivación clara o abandonó el seguimiento. Cada interrupción transforma una infección potencialmente controlable en un riesgo mayor para la salud individual y para el sistema sanitario.

Silva describe esta dificultad como un problema de implementación sistemática, especialmente complejo en sistemas de salud fragmentados. Las decisiones de las autoridades sanitarias no siempre se traducen de manera uniforme en hospitales, centros privados, obras sociales y efectores comunitarios. La existencia de guías clínicas resulta insuficiente si no se acompaña con circuitos concretos, responsabilidades definidas y mecanismos para recuperar a quienes pierden el contacto con la atención.

También existen oportunidades en espacios donde el sistema ya entra en contacto con personas que no suelen realizar consultas preventivas. Los chequeos laborales, los bancos de sangre, los laboratorios y las unidades que atienden a poblaciones vulnerables pueden ayudar a identificar casos, siempre dentro de marcos legales, confidenciales y clínicamente adecuados. El objetivo no es convertir cada instancia en una batería indiscriminada de estudios, sino aprovechar de forma ordenada momentos que ya existen.

Hepatitis en Argentina: detectar antes de que aparezca la cirrosis

El diagnóstico temprano tiene una dimensión clínica y otra social. Para el paciente, puede significar acceder a una cura o frenar la progresión de una enfermedad antes de que el hígado pierda parte de su función. Para el sistema de salud, puede evitar internaciones complejas, tratamientos prolongados, complicaciones oncológicas y trasplantes que podrían haberse prevenido con una intervención oportuna.

En Argentina, la Ley 27.675 establece un marco para las hepatitis virales, pero especialistas y organizaciones de pacientes señalan que el desafío consiste en transformar ese marco en acciones sostenidas. La educación sanitaria ocupa un lugar central. Si la población interpreta que solo debe testearse cuando existe una conducta considerada riesgosa, muchas infecciones permanecerán ocultas. Si, en cambio, el control se incorpora a una lógica de cuidado general, disminuye la carga de estigma.

La Asociación Civil Buena Vida, que acompaña a personas con enfermedades hepáticas, también advierte que cualquiera pudo haber estado expuesto en algún momento. Esa perspectiva resulta especialmente importante para quienes recibieron atención médica hace muchos años, cuando los protocolos de control y esterilización no eran los actuales, o para quienes no conservan registros completos de sus procedimientos.

Una política de rastreo puede recuperar pacientes que quedaron fuera del sistema

Una de las tareas más complejas no es encontrar únicamente nuevos diagnósticos, sino volver a conectar con personas que ya fueron identificadas. Algunos pacientes cambian de obra social, pasan de un programa estatal a otro, se mudan, interrumpen sus consultas o no comprenden la importancia de continuar el seguimiento cuando todavía se sienten bien.

Según la experiencia latinoamericana mencionada por Silva, una proporción relevante de pacientes previamente diagnosticados y que no habían recibido tratamiento o vacunación podría ser recuperada mediante estrategias activas. Eso requiere registros interoperables, protección de datos personales, comunicación clara y equipos capaces de orientar al paciente sin trasladarle toda la responsabilidad de reconstruir su recorrido sanitario.

La tecnología puede contribuir con recordatorios, sistemas de referencia, trazabilidad de resultados y alertas clínicas, pero no reemplaza la decisión médica ni el vínculo humano. Un registro que no se actualiza o una notificación que nadie atiende no resuelve el problema. La innovación adquiere valor cuando se integra a protocolos realistas y a una red asistencial que pueda responder después de detectar un caso.

El control para hepatitis también plantea un desafío de visibilidad sanitaria

Para hospitales, laboratorios, aseguradoras, organismos públicos y plataformas de salud, la hepatitis muestra que la información debe convertirse en una ruta de atención verificable. La visibilidad de una campaña no se mide solo por la cantidad de personas que leen un mensaje, sino por cuántas entienden quién debe consultar, dónde puede hacerlo, cómo recibe el resultado y qué sucede después.

En términos de comunicación digital, las búsquedas relacionadas con hepatitis B y C suelen surgir cuando una persona intenta interpretar un análisis, comprender una vía de transmisión o decidir si necesita un test. Los contenidos confiables deben diferenciar síntomas, vacunas, serologías y tratamientos sin prometer diagnósticos automáticos. También tienen que indicar que la información general no sustituye una consulta profesional.

Para los negocios digitales vinculados con salud, clínicas y laboratorios, esto implica construir páginas claras, actualizadas y responsables, con autores identificables, fuentes sanitarias reconocidas y explicaciones comprensibles. Un contenido que solo repite cifras o utiliza el miedo puede atraer atención, pero no necesariamente ayuda a tomar una decisión segura. La calidad, la precisión y la facilidad para encontrar una vía de atención son parte de la experiencia que el usuario necesita.

La meta internacional de eliminar la hepatitis como problema de salud pública para 2030 depende menos de un descubrimiento futuro que de aplicar de forma consistente herramientas que ya existen. Vacunar cuando corresponde, ofrecer controles, interpretar correctamente los resultados y sostener el vínculo con quienes necesitan tratamiento son acciones capaces de cambiar el pronóstico. Para cualquier persona, la decisión más concreta es conversar con un profesional y consultar si alguna vez corresponde realizar una prueba, aun cuando no recuerde haber estado expuesta.

FAQ

Preguntas frecuentes

¿Todas las personas deberían hacerse un control para hepatitis B y C?

Los especialistas citados recomiendan que toda persona se realice al menos una vez en la vida un control para hepatitis B y C, aunque no identifique factores de riesgo. La indicación concreta depende de la historia clínica, la vacunación, la edad y las pautas médicas vigentes. Quienes sí tienen antecedentes de exposición deben consultar con mayor prioridad.

¿La hepatitis puede existir aunque el hepatograma sea normal?

Sí. Un hepatograma sin alteraciones no descarta por completo una infección viral. Algunas personas pueden tener una infección silenciosa sin cambios evidentes en las enzimas hepáticas. Por eso, el médico puede indicar estudios serológicos específicos cuando existen antecedentes, condiciones clínicas particulares o la necesidad de realizar un control preventivo.

¿La hepatitis C se cura?

La hepatitis C puede curarse con antivirales de acción directa, especialmente cuando se detecta antes de que aparezcan daños avanzados en el hígado. Los especialistas señalan tasas de curación cercanas al 95% en los tratamientos disponibles. La duración y el esquema dependen del caso, por lo que deben ser indicados y supervisados por un equipo médico.

¿La vacuna contra la hepatitis B evita la necesidad de realizar controles?

La vacunación contra la hepatitis B ofrece una protección muy alta, pero cada situación debe analizarse de forma individual. Las personas vacunadas correctamente pueden no necesitar el mismo tipo de evaluación que quienes desconocen su estado. En cambio, quienes tienen inmunosupresión, diálisis, tratamientos oncológicos u otros factores clínicos deben consultar específicamente con su médico.

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