Flavia Arroyo y la alquimia de recrear grandes bebidas sin alcohol
La bartender argentina Flavia Arroyo creó Prototipo Cero, una propuesta que reconstruye perfiles de gin, vodka, tequila, whisky y coñac mediante botánicos, frutas, cereales e infusiones, sin recurrir a la desalcoholización.

La bartender argentina Flavia Arroyo convirtió la ausencia de alcohol en un punto de partida creativo. Desde las barras de Casa Cavia y Orno, la profesional desarrolló Prototipo Cero, un proyecto que busca reproducir la identidad sensorial de bebidas como gin, vodka, tequila, whisky y coñac a partir de ingredientes, técnicas de extracción y un trabajo minucioso de equilibrio. La iniciativa recibió una atención especial después de que Arroyo obtuviera el Exceptional Cocktail Award en la última edición de la Guía Michelin, una distinción otorgada por primera vez en el país.
En la coctelería contemporánea, pedir una bebida sin alcohol dejó de ser necesariamente una decisión secundaria. Durante años, la alternativa para quienes no consumían bebidas alcohólicas se reducía a jugos, gaseosas, agua tónica o combinaciones frutales de construcción sencilla. El avance de las cervezas, vinos y destilados sin alcohol modificó ese escenario, pero también abrió una pregunta más exigente: ¿cómo lograr una experiencia compleja sin depender del etanol?
La respuesta de Flavia Arroyo no consiste en quitarle alcohol a un destilado terminado. Su método parte de otra lógica: desarmar la percepción de una bebida conocida y reconstruirla con ingredientes capaces de aportar aroma, textura, densidad, amargor, frescura y persistencia. El resultado no pretende ser una copia industrial, sino una interpretación gastronómica diseñada para funcionar en una copa y acompañar una comida.
La propuesta nació en Casa Cavia, la casona palermitana donde Arroyo trabaja desde hace nueve años y donde también dirige la operación de barra junto con su equipo. El proyecto se desarrolló en pocos meses, entre agosto y noviembre del año anterior a la entrevista publicada por Clarín, fuente original de esta historia. La velocidad del calendario no redujo la precisión: cada fórmula exigió pruebas sucesivas y ajustes pequeños, capaces de modificar por completo el perfil final.
Prototipo Cero: una coctelería sin alcohol pensada desde el sabor
El nombre del proyecto resume una intención conceptual. Arroyo evita presentar estas bebidas como una simple versión reducida o incompleta de un cóctel tradicional. En lugar de definirlas por aquello que no tienen, las concibe como bebidas con una identidad propia: con perspectiva, con técnica y con una estructura aromática capaz de sostener una experiencia de principio a fin.
La diferencia es importante. Un cóctel sin alcohol puede ser refrescante, pero eso no alcanza cuando se busca acompañar un menú gastronómico o reemplazar la complejidad de un trago clásico. El alcohol aporta sensaciones de calor, volumen y persistencia, aunque no es el único camino para obtenerlas. La textura puede surgir de un cereal, la profundidad de una infusión, la acidez de una fruta y el carácter de un botánico. El desafío está en hacer que esos elementos no aparezcan como partes aisladas, sino como una composición coherente.
En las primeras pruebas, el equipo ya contaba con algunas opciones de autor y una kombucha para quienes buscaban una bebida sin alcohol. También había observado que el gin tonic sin alcohol tenía una demanda comparable a la versión tradicional. Ese comportamiento llevó a preguntarse si era posible ampliar la experiencia y construir alternativas vinculadas con perfiles que el público ya reconoce.
Cómo se reconstruyen un gin, un vodka y un whisky sin destilación alcohólica
El proceso de Prototipo Cero no utiliza máquinas desalcoholizadoras, equipos que pueden resultar costosos y que no forman parte de la infraestructura disponible en el proyecto. Tampoco se basa en elaborar un destilado y extraerle luego el alcohol. La estrategia es operativa y gastronómica: traducir el carácter de cada bebida en una selección de ingredientes que pueda producirse con mayor facilidad en una barra.
Para representar un gin, Arroyo y su equipo trabajaron con enebro, cardamomo, manzanilla, cítricos y pimienta de Jamaica. Cada componente cumple una función sensorial. El enebro aporta la referencia más reconocible del gin; los cítricos agregan luminosidad; las especias construyen tensión y la manzanilla suma una dimensión floral. La fórmula no busca imitar una marca particular, sino evocar una familia aromática familiar para quien toma un gin tonic.
El vodka planteó una dificultad diferente. Al ser una bebida de perfil relativamente neutro, tiene menos elementos evidentes que puedan ser reproducidos mediante botánicos. El equipo partió de un cereal y sumó agua de coco, aloe vera, té blanco y plátano. El objetivo fue generar una sensación de suavidad y una textura discreta, sin convertir la preparación en un jugo ni saturarla de aromas.
El tequila se construyó a partir de un jugo de ananá, una elección que permite trabajar la dimensión frutal y tropical sin abandonar la idea de una bebida estructurada. Para el whisky, en cambio, la complejidad fue mayor. Su perfil puede reunir notas tostadas, especiadas, dulces, amaderadas y ahumadas, además de una persistencia particular. Recrear esa profundidad sin alcohol exige pensar en capas y no en un sabor único.
El problema de un gramo de más
La precisión fue decisiva. Según explicó Arroyo, una variación mínima en la cantidad de un té de jazmín o de vainilla podía dominar toda la receta. Ese tipo de ajuste revela que la coctelería de autor comparte recursos con la cocina de investigación: se prueba, se registra, se compara y se vuelve a intervenir sobre una fórmula anterior.
El trabajo también tuvo que contemplar el volumen. Una preparación que funciona en una prueba pequeña no necesariamente puede trasladarse a un servicio con muchos pedidos. La consistencia, la velocidad de armado, la conservación y la disponibilidad de los ingredientes son parte del diseño. Por eso el proyecto no quedó limitado a una exploración artística: también debió resolver las exigencias concretas de una barra profesional.
La experiencia del cliente como criterio de diseño
La recepción del público fue uno de los indicadores que confirmaron el camino elegido. Arroyo contó que varios comensales agradecieron especialmente la existencia de una carta sin alcohol. La reacción no se explicaba únicamente por la posibilidad de elegir: también respondía a la sensación de que la bebida había sido pensada con el mismo cuidado que una opción alcohólica.
Ese punto modifica la relación entre el cliente y la carta. Una persona que no consume alcohol, que debe conducir, que está atravesando un tratamiento médico o que simplemente prefiere evitarlo no tiene por qué quedar fuera del lenguaje de la coctelería. La inclusión no se resuelve agregando una bebida al final del menú, sino diseñando una alternativa con temperatura, textura, aroma, final y relación con la comida.
La carta de temporada fue ajustada para resultar más directa. En lugar de acumular opciones, el equipo organizó perfiles capaces de cubrir distintas preferencias: una preparación floral, otra más seca y aperitiva, alternativas frutales y dos propuestas de perfil bajativo, una más dulce y otra con mayor sensación de intensidad. La clasificación sensorial puede ayudar al comensal a elegir sin exigirle conocer técnicas o ingredientes especializados.
De la experimentación global a la precisión de los clásicos
La trayectoria de Arroyo permite leer este proyecto dentro de una evolución más amplia de la coctelería. En sus primeros años predominaban las reversiones de recetas clásicas. Luego llegó una etapa de experimentación más intensa, una tendencia que se extendió por bares de distintas ciudades del mundo. Hoy, según su mirada, muchos equipos están recuperando la raíz de los cócteles tradicionales.
Ese regreso no implica abandonar la innovación. Preparar un buen Negroni o un daiquiri demanda comprender la receta, controlar la temperatura, elegir correctamente el hielo y cuidar la proporción. La creatividad deja de ser un efecto visual y se convierte en una forma de mejorar la experiencia. En ese marco, Prototipo Cero no aparece como una ruptura total con la tradición, sino como una extensión de la misma disciplina aplicada a otro tipo de bebida.
El Negroni ocupa un lugar especial en el trabajo de Arroyo. Su estructura de partes iguales parece sencilla, pero precisamente por eso ofrece poco margen para ocultar errores. La calidad de cada componente, la temperatura y la ejecución quedan expuestas. Esa lógica también atraviesa las bebidas sin alcohol: cuando no hay una graduación alcohólica que aporte intensidad por sí misma, cada ingrediente debe justificar su presencia.
Una barra conectada con la cocina y con el lenguaje del territorio
En Casa Cavia, los cócteles están pensados para acompañar la comida. La relación con el chef Félix Babini, la sommelier Delvis Huck y el equipo de cocina exige comprender cómo se construye cada plato antes de decidir qué bebida puede dialogar con él. No todos los maridajes son posibles, y esa limitación forma parte del trabajo: la armonización no se impone desde la barra, sino que se negocia alrededor de la mesa.
La experiencia previa de Arroyo también amplió su repertorio. Antes de consolidarse en Casa Cavia, pasó por el Palacio Duhau y por Siete Fuegos, el restaurante que comandaba Francis Mallmann. Allí se enfrentó a técnicas vinculadas con el fuego y buscó trasladar ese universo a la coctelería. El aprendizaje muestra que una barra no funciona aislada: absorbe recursos de la cocina, la hospitalidad, el diseño y la cultura de cada lugar.
Su recorrido comenzó cuando buscaba un trabajo que le permitiera pagar sus estudios. Los eventos y la preparación de cócteles la acercaron gradualmente a la gastronomía. La disciplina, la constancia y la voluntad de perfeccionar incluso una receta cotidiana terminaron orientando su carrera. La experiencia en Londres, donde un bartender identificó su profesión por el cóctel que pidió, reforzó esa pertenencia a una comunidad internacional de profesionales.
El reconocimiento Michelin y la madurez de una escena argentina
El Exceptional Cocktail Award otorgado a Arroyo por la Guía Michelin representó un reconocimiento singular para la coctelería argentina. La distinción no convierte por sí sola a una propuesta en referencia internacional, pero sí ayuda a visibilizar un trabajo que durante mucho tiempo quedó subordinado a la cocina en la conversación gastronómica.
La importancia del premio también reside en el contexto. Las barras dejaron de ser un espacio de servicio rápido para transformarse en lugares de investigación, hospitalidad y relato. El bartender participa en la identidad de un restaurante, interpreta los productos, conversa con el comensal y puede intervenir en la relación entre bebida y plato. La atención que recibe Prototipo Cero acompaña esa ampliación del rol profesional.
Para el sector, las bebidas sin alcohol plantean además desafíos de capacitación y comunicación. No alcanza con sustituir un destilado por un almíbar. Hay que comprender cómo equilibrar dulzor, acidez, amargor, temperatura y dilución, y también explicar el concepto sin generar expectativas equivocadas. El cliente debe saber qué va a encontrar: no una copia exacta, sino una construcción sensorial con referencias reconocibles.
Qué cambia en la visibilidad digital de la coctelería sin alcohol
El crecimiento de propuestas como Prototipo Cero también puede modificar la forma en que restaurantes y bares son encontrados en internet. Las búsquedas relacionadas con cócteles sin alcohol, maridajes sin graduación, bebidas de autor y experiencias gastronómicas inclusivas responden a necesidades concretas de los usuarios. Una carta que describe con claridad sus perfiles e ingredientes puede aparecer ante públicos que antes no identificaban ese tipo de oferta.
La visibilidad orgánica no depende únicamente de repetir la expresión “sin alcohol”. Para un restaurante, resulta más útil explicar qué diferencia a cada bebida, con qué platos puede combinarse y qué experiencia propone. Una página bien estructurada debería incluir información actualizada de la carta, fotografías honestas, datos sobre reservas y una descripción precisa de los ingredientes. También conviene evitar promesas absolutas cuando se trabaja con productos que podrían contener trazas o procesos no aptos para todas las personas.
En los contenidos digitales de gastronomía, la historia de Arroyo muestra el valor de asociar una técnica con una persona, un lugar y una decisión creativa verificable. La búsqueda no se limita a saber dónde tomar un cóctel: también intenta entender quién lo creó, cómo se prepara y por qué puede ser relevante. Esa profundidad ayuda a diferenciar una propuesta real de una mención superficial dentro de una carta.
Para los negocios digitales vinculados con restaurantes, bares y turismo gastronómico, el fenómeno sugiere una oportunidad concreta de ordenar mejor la información: categorías sensoriales, ingredientes principales, alternativas sin alcohol, disponibilidad estacional y compatibilidad con ciertos menús. El contenido puede ser útil sin transformarse en publicidad, siempre que parta de datos comprobables y de la experiencia efectiva del establecimiento.
La alquimia de Flavia Arroyo no consiste en ocultar la ausencia de alcohol, sino en demostrar que una bebida puede ganar profundidad cuando cada decisión está justificada. Entre botánicos, cereales, frutas, tés y técnicas de barra, Prototipo Cero propone mirar la coctelería desde otro ángulo: no como una imitación empobrecida, sino como un campo autónomo donde el sabor, la hospitalidad y la precisión pueden convivir en una misma copa.
Preguntas frecuentes
¿Qué es Prototipo Cero?
Prototipo Cero es un proyecto de Flavia Arroyo y su equipo que desarrolla cócteles sin alcohol inspirados en perfiles de bebidas como gin, vodka, tequila, whisky y coñac. Las fórmulas se construyen con botánicos, frutas, cereales, tés, infusiones y otros ingredientes, sin desalcoholizar un destilado terminado.
¿Cómo se recrea el sabor de un gin sin alcohol?
El perfil de gin se puede reconstruir combinando ingredientes que aportan referencias botánicas, cítricas y especiadas. En Prototipo Cero se utilizaron enebro, cardamomo, manzanilla, cítricos y pimienta de Jamaica. La proporción y la técnica determinan que el resultado tenga equilibrio y no parezca simplemente una infusión.
¿Las bebidas sin alcohol son iguales a los cócteles clásicos?
No necesariamente. Una bebida sin alcohol puede inspirarse en un cóctel o destilado conocido, pero tiene una composición propia. Su objetivo es ofrecer complejidad, textura y persistencia sin depender del alcohol. En el caso de Prototipo Cero, la propuesta busca que la experiencia sea completa y adecuada para acompañar una comida.
¿Por qué fue difícil recrear el whisky sin alcohol?
El whisky combina una paleta amplia de aromas y sensaciones, que puede incluir notas dulces, tostadas, especiadas, amaderadas o ahumadas. Al no utilizar un destilado alcohólico como base, el equipo debe reconstruir esa profundidad mediante varias capas de ingredientes y ajustar con precisión cada elemento para evitar que uno domine al resto.
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